"Como la ciudad o el santuario, la casa está santificada, en parte o en su totalidad, por un simbolismo o un ritual cosmogónico. Por esta razón, instalarse en qualquier parte, construir un pueblo o simplemente una casa, representa una grave decisión, pues la existencia misma del hombre se compromete con ello: se trata, en suma, de crearse su propio “mundo” y de asumir la reponsabilidad de mantenerlo y renovarlo (...) Toda construcción y toda inauguración de una nueva morada equivale en cierto modo a un nuevo comienzo, a una nueva vida.Y todo comienzo repite ese comienzo primordial en el que el universo vio la luz por primera vez” Mircea Eliade, Lo sagrado y lo profano, Barcelona, Labor, 1967.p.61

historias mínimas. memoria habitada

(fotografía de la escuela de Veranes en los años '50)

Muerte en el olvido (Ángel González) Yo sé que existo porque tú me imaginas. Soy alto porque tú me crees alto, y limpio porque tú me miras con buenos ojos, con mirada limpia. Tu pensamiento me hace inteligente, y en tu sencilla ternura, yo soy también sencillo y bondadoso. Pero si tú me olvidas quedaré muerto sin que nadie lo sepa. Verán viva mi carne, pero será otro hombre —oscuro, torpe, malo— el que la habita...

(entrevista con el antropólogo Adolfo García Martines en la fuente y lavadero de Les Quintanes, Veranes, abril 2016. durante el ciclo Habitantes Paisajistas #AGUA. documentación video: Melania Fraga. edición Virginia López).

virginia lopez_GBC sobre papel algodón a partir del album familiar de Casa Antonino. 2014.

la familia de casa Antonino en el matrimonio de Elena y manolín (Lolo)virginia lopez_ GBC y acuarela sobre papel de algodón, 2014. de la serie Casa Antonino, micro-storia di una caseria asturiana. libro de artista. ejemplar único. 


Casa Antonino microhistoria de una casería asturiana

Somos de los lugares a los que llegamos, somos de las huellas de quienes nos han precedido, somos los paisajes que hemos vivido o imaginado.

La casería asturiana1 . Hablar de la casería es hablar del paisaje asturiano, el poblamiento rural, usos y costumbres, tradiciones, economía, ritos… La casería es una unidad de explotación agrícola integral, muchas veces surgida a raiz de la roturación de terrenos yermos y montes, que configura el paisaje astur desde tiempos medievales. Explotaciones familiares otorgadas a sus beneficiarios a través de foros y contratos para potenciar la explotación de los terrenos y consolidar el avance de cultivos y praderías, favoreciendo el establecimiento de pequeños núcleos de vida aldeana. El centro de la explotación familiar es la casa y apéndice inseparabile el hórreo o panera, que junto con otras dependencias auxiliares (cuadras, llagares, tendeyones…) constituyen los techos, es decir el núcleo vital de la explotación campesina. Junto a ellos, las tierras adyacentes dedicadas a huertos y de forma disociada, tierras destinadas a pastos para el ganado y a frutales (la pomarada). La casería es una explotación económica, pero también tiene una fuerte dimensión social (a través de fiestas y actividades compartidas con otros vecinos y caserias) cultural y ritual: la casa no es sólo un edificio, es lugar de trabajo, de recolección y de socialización, de vida, nacimientos, matrimonios y funerales. Casa Antonino, en Trubia (Abadia de Cenero), forma parte de esta historia.

El crecimiento urbano e industrial de Gijón y el trazado de la linea del Ferrocarril de Langreo en la segunda mitad del s. XIX marcaron profundamente la evolución de esta zona de Gijón y la historia reciente de sus caserías: fomentó la emigración y la crisis demográfica (envejecimiento actual de la población), generó la aparición del “campesino mixto” (que compaginaba su ocupación de labrador con el trabajo asalariado) y aceleró el proceso de desaparición de la casería a causa de la falta de relevo generacional. A partir de los años ‘50 del s.XX inició el proceso de ventas de las caserias a sus caseros, que se fueron convirtiendo en propietarios. Sin embargo el proceso de venta y el nuevo marco económico (industrialización, emigración del hijo a la ciudad y su desvinculación paulatina con la empresa familiar, fenómeno del campesino mixto, la especialización lechera con sus consecuencias en la distribución de los campos y cultivos) trajo consigo varios desajustes: una diferente distribución de los terrenos de la casería con la consiguiente merma productiva de algunas de ellas y el abandono definitivo de la caseria después de las reventas, con la aparición del fenómeno del “fin de semana” y “chalet” -de dudoso gusto arquitectónico, por parte de nuevos propietarios, a veces poco vinculados afectivamente con la comunidad nativa. Todo ello ha provocado enormes cambios en la conformación del paisaje.

La pérdida de la dimensión económica de la casería genera al mismo tiempo una pérdida de su dimensión social: la casería formaba parte de un grupo social con intereses comunes y espacios de socialización ligados a la actividad económica: la sestaferia (prestaciones establecidas de acuerdo común para mantener infraestructuras comunales : limpieza de caminos, traida de agua...), la andecha, el samartin, les esfueyes... Hoy este patrimonio se está perdiendo. El tiempo de ocio se ha comercializado y desplazado a la ciudad, faltan lugares comunes en los que estrechar lazos de vecindario y amistad.

Dice Marc Augé2 que las ruinas tienen una vocación pedagógica: hacernos sentir el tiempo en toda su fragilidad para tomar consciencia de la historia. La casería ha plasmado buena parte del paisaje asturiano, y hoy muchas de ellas parecen testimonios silenciosos de la desaparición del mundo campesino .

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1 Parte del texto está basado en la publicación de Cristina Cantero Fernández, “Etnohistoria del Cotu de Curiel, (Cenero/ Xixón)”. Editado por la Fundación Municipal de Cultura, Educación y Universidad Popular. Red de Museos Etnográficos de Asturias (Muséu del Pueblu d’Asturies), 2003.

2 Marc Augé, “Rovine e macerie. Il senso del tempo”. Ed. Bollati Boringhieri. Torino, 2004.


mi madre y mi abuela Angeles y mi tía en un maizal durante las fiestas de san Roque en Pinzales. GBC sobre papel algodón. forma parte de la instalación "Reverie vicino alle acque", Virginia López. 2014.


Casa Antonino fué levantada con su forma actual, piedra a piedra, en los años 40 por Manuel Díaz Fombona y Margarita Martínez. En ella vivieron con sus hijos Manuel (Manolín) y Jose Luis (Pepín) y después Manolín con su mujer Elena. El matrimonio no tuvo hijos. Cuando nosotros llegamos Casa Antonino ya estaba muda y vacía. Tras la muerte de Manolo -que ya vivía en Gijón, Elena decidió ponerla en venta, y así fue como aparecimos nosotros en Casa Antonino.

Llegamos a Trubia un día de lluvia del mes de agosto del 2013. El verano asturiano nos hacía los honores. Entramos en el pueblo lentamente, siguiendo las vacas de Laureano que salían de la cuadra. Giovanni y yo habíamos decidido fijar nuestra residencia y lugar de trabajo en Casa Antonino después de más de 15 años en Florencia (Italia). La decisión no fué fácil y todos nos decían que era bastante temararia considerando la situación económica general y que ya teníamos nuestra actividad profesional asentada en Italia. De todas formas , queríamos realizar nuestro proyecto de vivir en el campo, uniendo arte, territorio y vida cotidiana. Vinimos a ver Casa Antonino el verano anterior, en el 2012 y un año más tarde estábamos aquí, con la casa a cuestas. Fue fruto de una serie de coincidencias (?), nosotros buscábamos algo similar en la Toscana cuando mi madre me dijo que la casería de la hermana de una amiga suya estaba en venta. Fue amor a primera vista y a veces las decisiones se toman así, a corazonada.

Mi madre vivió en Veranes, el pueblo al lado de Trubia, durante los años difíciles de la posguerra. Había nacido en La Nueva, en la Cuenca Minera, pero los desgarros de la guerra civil hicieron que su madre Pilar decidiera emigrar a Buenos Aires para no volver nunca más y dejara a su hija con su amiga y vecina, Ángeles, a quien yo siempre he llamado abuela. Sin duda esta pérdida, ha sido la causa fundamental de que mi madre recuerde todavía hoy con dolor su infancia en Veranes. Los padres de Ángeles, poco después de terminar la guerra civil, compraron una casería en Veranes, Casa La Burbuja, probablemente por esa gana de tierra que da el haber pasado hambre y dificultades durante la guerra. Así fue como mi madre, en los años 40 y con unos cuatro años vino a vivir a Veranes, donde se quedaría hasta mediados de los ‘60, para después coger su ansiado tren a Gijón y no volver más, bueno, de visita. Hoy está en Málaga, al sol. Aquellos fueron tiempos difíciles para todos y para una niña que en cierta forma se sentía abandonada y diferente, aunque acogida en esta nueva familia que siempre fue y sigue siendo nuestra familia, la vida no debió de ser fácil. Quizás no muy diversa de la vida de los otros niños del pueblo, pero sus recuerdos y vivencias están marcados por el sentimiento de abandono y desarraigo. Me cuenta anécdotas divertidas, es memoria viva del paisaje agrario de Veranes porque lo trabajó diariamente, hizo grandes amistades, pero cuando le pedí que escribiera un texto sobre aquel tiempo, volvió a llorar.

Este es mi lazo de unión con este lugar, a través de mi madre (aunque a ella le pese), y por curiosos giros de la vida, hoy Giovanni y yo estamos dando forma a PACA_Proyectos Artísticos Casa Antonino.  Hemos restaurado la casería con mimo, podado los viejos manzanos e intentado mantener la memoria de quienes la crearon. Hemos pasado a formar parte de su historia y queremos seguir construyéndola, nos sentimos responsables. Los usos serán diferentes, la cuadra se ha convertido en taller artístico y no cabe duda que la panera ya no será contenedor rebosante de los productos de la huerta, pues la nuestra es pequeña y estamos aprendiendo. Pero somos felices, porque hemos abierto de nuevo Casa Antonino y su historia continúa.

Virginia López


texto publicado en la revista Creadores de Paisajes n.1 (2016) PACAbooks.

Lolo en la tená de casa, Veranes . fotografía de Miguel Santomé. 2016.

Conversando con Lolo e Inés

El padre de Lolo se llamaba Ramiro. Al casarse vino a vivir a esta casa, y después de quedar viudo todavía jóven, compró la casería a los herederos . De las segundas nupcias con Aurelia nacería Manuel ( Lolo) que continuó a su vez con la casería de Casa Ramiro junto a su mujer Inés, ampliándola, comprando terreno y ganado (vacas de leche ) y cultivando la huerta. Hoy ya hace años que están jubilados, aunque Lolo sigue cuidando las vacas y cabruñando la guadaña. Uno de los hijos de Inés y Lolo vive en Gijón, y no parece que venir a vivir aquí esté entre sus planes aunque es él quien tiene las vacas de carne que ahora están en la cuadra al lado de casa, porque por su trabajo no puede venir mucho y esas dan menos que hacer. Ramiro sigue creyendo que las vacas aunque sean de carne y más resistentes que las de leche, necesitan estar a cubierto si hace frío, bien atendidas. Hay cariño y buen hacer en sus palabras. Una generación que se pierde. Una pareja estupenda que me recibe en la cocina de casa, lamentando un poco el haber quitado la cocina de carbón cuando hicieron la reforma de la casa. Es marzo y este año ha venido muy húmedo.

Lolo e Inés: Antes íbamos a vender los productos de la huerta a la plaza (el mercado del Sur en el centro de Gijón), incluso dos veces a la semana. Había huerta y había vacas, había para dar y tomar! Pero cuando nos jubilamos ya lo dejamos, plantamos solo pa’en casa. Pero antes daba bastante y la leche la pagaban bien. Ahora ponen tantos impedimentos... tienes que andar al pie de la letra. Si no pones los pendientes a la vaca te ponen una multa, aunque los tengas en el cajón de casa, como le pasó a Juan... Siempre trabajamos en la casería, yo con él pa todo, bueno, como todas , como Maribel

Lolo: Pero antes trabajábase mucho, no ye como ahora. Había que levantase a las seis de la mañana pa’ catar y prepar les vaques, limpiales y llevar la leche al lecheru, segar la yerba, trabajar la tierra, esbarayar y pisar la yerba en la tená... (...) si estaba frío quedaben en la cuadra pero había que segar pa’ mulliles (en el monte se cortaba l’estru para hacerles la cama)

De hecho mi madre recuerda que antes a las vacas se les hacía la cama, y no estaban ahí, en el cemento. Cuenta que hasta la mierda olía mejor!

Lolo e Inés: Claro que sí, olía de otra manera porque el ganao comía menos pienso, que da peor olor. Y cuando tu madre estaba aquí, no se ensilaba. Pero lo del silo fue una cosa muy buena porque ahora en un par de días se paga al tractor y está hecho, no como antes! Y el ganao, la yerba así fermentada, la comen muy bien, pero claro, da un olor... aquí cuando vien la nuera.... (...) ahora los pueblos están vacíos, antes éramos tantos en casa a trabayar, y había criau pero ahora qué! no puedes pagar a nadie, hay que pagar un sueldo grande, la seguridad social, y esto no da pa tanto, y entonces... intenta hacelo uno solo...

Inés: Y los jóvenes de ahora...si fueran como nosotros..

Lolo: Pero qué! si estuvieran aquí no podrían salir a cenar los sábados por les noches, que gustayos tanto..

Inés: ya, si yo lo entiendo, pero antes nosotros no hacíamos eso Lolo!

Lolo: Pero si ahora vendes un xatu y la mitad ya lo lleves gastao en piensu, y la carne vale la mitad, no ye como entonces que el pienso estaba más barato y la carne valía, y la leche igual. Poco antes de jubilarme, todavía me pagaban la leche a sesenta pesetas y ahora págenlo a 27 céntimos o menos., no llega a cinquenta pesetes al cambio, y según está la vida...no saques un sueldu pa’ na! por eso les caseríes van cerrando.. Aquí en Veranes había 12 caseríes de leche: y ahora no hay ninguna. Eran casa Ramiro, casa Sabelona, casa de Trabanco, casa El ferrerín, casa Montero, Vitor de la Flora, casa Rosendo donde tá la mi hermana, casa Faya, en casa Julio, en casa Sucu, casa Luis y Margarita...todas...

Virginia López.Veranes, marzo 2016

Tino delante de casa con los pitinos recién nacidos. Trubia, 2016. fotografía de Virginia Lopez.


Conversando con Tino

La mayor parte de las veces, con Tino se entabla conversación en la huerta. Siempre está haciendo algo y con la fesoria en mano, no hay quien se la quite. Esta vez lo pillé debajo de la panera, espacio multiuso y centro de operaciones. Por la antojana y la huerta delante de casa, entre tomates recién plantados y guisantes en flor, una hilera de pitinos siguen a la pita madre. A Tino le gusta verlos por ahí, de paseo picoteando libremente, y se le nota por cómo me los enseña, cómo los toma en su mano. Lleva aquí desde generaciones, en el edificio emblema de Trubia, el Turruxón, tanto es que todos le llamamos Tino el Turruxón. Todo el mundo le conoce y yo creo que todo Cenero pasa en algún momento por delante de su casa. Para nosotros además de amigo y vecino, creo que de alguna manera misteriosa se está convirtiendo en una especia de familiar, y además es nuestro consejero agrónomo. Lo espiamos cada día y él, es nuestro calendario.

Tino: La generación de mis padres, en Trubia y Veranes, todos trabajaban en el campo, luego ya, los chabales, marcharon a trabajar a la ciudad, como estamos tan cerca ...

Y tú por qué quedaste?

Tino: Por una serie de circunstancias, uno porque cuando era el momento de que yo empezara a trabajar, era más rentable el campo que el trabajo fuera, en 1968 ganaben en Aceralia 2.600 pesetas, que sacábense vendiendo cuatro lechugues, y luego porque ya tienes un arraigo familiar en agricultura que te impide salir de ella. Aquí éramos tres, mi madre, mi padre y yo, después quedamos mi padre y yo. Si yo falto, él no hubiera podido seguir, uno sólo no puede. Y esto era por renta, en fín una serie de circunstancias hizo que yo tirara por la agricultura, pero no me pesó nada, aunque si hubiera ido a trabajar a Aceralia ahora tendría una pensión cuatro veces mayor y hubiera trabajado menos. Pero no me puedo quejar, trabajé en lo que me gustaba.

(...) La rentabilidad económica en un huertu familiar como el mío ye pequeña, porque siempre tienes gastos (herramienta, tienes que comprar cuchu...) Ye más otro tipo de rentabilidad que la económica, porque la gente de mi edad, ya ves que va al gimnasio, va a hacer senderismo, bicicleta, a un centro pa’ la memoria...Yo eso téngolo todo en la huerta. Ye una cosa que desconectes totalmente, te relaja y sientes satisfacción viendo los guisantes nacer o los tomates crecer...

Pero tú siempre viviste del campo?

Tino: Si, siempre vivimos de la huerta y del ganao, pero también ye verdad, que los que están con el ganao hoy están cobrando los mismos precios que hace veinte años, cuando no inferiores. Yo hace dieciséis años que dejé las vacas, y ahora están cobrando la leche menos de lo que cobraba yo haz dieciséis años.En cuanto a la huerta, hoy están pagando al productor, la lechuga por ejemplo, menos de lo que la pagaban hace veintincino años. Y mira lo que subió la vida! los productos de la agraria subieron muy poco, y sin embargo los salarios en otros campos, aunque no sean una maravilla, te permiten vivir.

(...) No sé la cultura que hay hoy, es una cultura anti-familia, Hay muchas familias que tienen una buena casa, o un buen piso, donde podrían vivir los padres, dos o tres hijos y quizás una nuera, y repartirían gastos, sin embargo hoy eso es impensable, la gente no se adapta. Son incapaces de convivir. Quieren independizarse aún no teniendo con qué. Si está el padre, estorba. Incluso yo veo que la gente jóven, si hay una persona mayor en casa, siente como asco, como desprecio, sólo porque es vieja. Creo que en ese sentido, la sociedad y la familia van pa’ peor.




Virginia López, Trubia, abril 2016.

textos publicados en la revista n1 Creadores de paisajes, PACAbooks. pag.61